La batalla por el medio ambiente llega a los mercados

Los británicos suelen contar las calorías que consumen cada día. Ahora, además de grasas y azucares, también están empezando a contabilizar las emanaciones de dióxido de carbono a la atmósfera en cada producto que llega a su plato. La cocina globalizada, que no conoce distancias ni productos de temporada, tiene, como ahora los ingleses comprenden, un impacto en el medioambiente, que se incrementa en la misma proporción en que aumenta la distancia del transporte de un lado a otro del globo. La conciencia ecológica se extiende poco a poco y, a fin de no perder las simpatías de los clientes, incluso los grandes supermercados han comenzado a señalar en las etiquetas si los alimentos han sido transportados en avión. La reducción del excesivo empaquetado de la comida, que crea millones de toneladas de basura innecesariamente, es otro nuevo reto. Algunos supermercados están planteándose terminar con el derroche en bolsas de plástico, y el plan es empezar a cobrar por ellas, como modo de disuadir y mentalizar a los compradores. Los londinenses (y no sólo ellos) se dan cuenta ahora de que, sin saberlo, la verdaderamente ecológica era su abuela, aquella señora que compraba la verdura de temporada sin empaquetar, en la tienda de la esquina, y se la llevaba en la robusta bolsa de la compra, que utilizaba una y otra vez. Aquellas mujeres, que sufrieron los racionamientos de una posguerra cruel, ven ahora con sorpresa cómo la última tendencia entre las treintañeras para cargar con las lechugas, es la bolsa de arpillera, un accesorio que se ha puesto de moda en los catálogos de temporada. LEER MÁS>

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